Mi padre Marcelo
Mar 31, 2025Ha sido un año difícil sin vos, Pa. Es la primera vez en mi vida que existo en este mundo sabiendo que ya no estás en algún lugar para encontrarme con vos.
A veces pienso que podría haber vivido una vida entera solo contigo, con tu compañía presente en cada paso, porque tu amor, tu sensibilidad, tu cariño y tu manera única de ser siempre estuvieron profundamente alineados con todo lo que admiro y amo. Lograste construir una personalidad versátil, capaz de acercarse con naturalidad a todos.
Fuiste querido por tanta gente. ¿Cómo lograste algo así? Estoy seguro de que tiene que ver con el pequeño universo personal que creabas especialmente para cada persona: siempre tenías una broma a mano, un apodo cariñoso, una anécdota memorable o incluso algún pequeño reclamo. Con algunos compartías proyectos, viajes imaginados en un mapa o dibujos pendientes que prometían futuros encuentros.
Pensar en cuánto te quisieron debería apaciguar mi dolor, pero no lo logra. No estoy seguro siquiera de que lo alivie. Cuando otros dicen que tuviste una gran vida, sé que lo hacen con la mejor intención de consuelo. Y tienen razón. ¿Qué más podría pedírsele a la vida? Tuviste una vida larga y saludable, sin grandes sobresaltos, incluso cuando de joven o mediana edad no fuiste precisamente un ejemplo en cuanto a chequeos médicos.
Viviste plenamente, amando profundamente lo que hacías y el lugar donde naciste. Supiste apreciar la belleza de este mundo con una curiosidad y energía que nunca dejaron de asombrarme. Un tipo culto e inteligente. Tuviste la suerte de crecer en una familia mágica, llena de historias, personajes y lugares fascinantes; estableciste conexiones humanas profundas y generosas.
Esas conexiones también te llevaron a encontrar a una pareja mágica como vos: llena de energía, belleza, carisma y, lo más importante, con un sentido del humor incomparable.
Como si eso fuera poco, tuviste cuatro hijos que dieron sentido a tu vida, que fueron felices a tu lado y que continuaremos con tu legado con tu sangre, tu adn, dentro nuestro. También sobrinos entrañables que nunca dejaron de demostrarte su amor, al que vos siempre respondiste con tu afecto infinito, un recuerdo que desborda nuestro corazón de gratitud. Y claro, tus nietos, a quienes amaste como propios, y cuyas almas llenaste del amor verdadero. Fuiste tantos padres en uno.
Te busco constantemente y en todas partes. Te encuentro en los lugares donde solías estar. Me sorprende que tu bastón aún esté en el lugar exacto donde lo dejaste. Escucho tu voz llamándome. Tus anotaciones más insignificantes ahora son tesoros que no puedo desechar. Releo tus correos imaginando que los acabas de escribir, para sentir que aún conversamos. Dosifico cuidadosamente los videos y audios que por suerte grabé en secreto, guardando momentos espontáneos para sorprenderme en los próximos años sin vos. Huelo tu ropa para encontrar rastros de tu olor y acaricio las fotos que tengo cerca.
Pero lo que más me deslumbra es encontrarte en un lugar inesperado y maravilloso: te encuentro en mí. No es solo una expresión literaria, es algo real. Te reconozco en mi voz cuando digo ciertas frases, en mi esternón largo con visibles costillas horizontales, en las venas prominentes de mis manos. A veces me miro en el espejo buscando tu mirada y trato de convencerme de que algo de vos es también parte de mi, manteniéndote vivo en mi persona, como en una extraña y hermosa película de ciencia ficción. Los comentarios de algunos sobre nuestro parecido físico alimentan esta rara convicción.
Como tantos me advirtieron, siento una profunda tristeza por no haberte aprovechado más, un arrepentimiento recurrente. De niño, uno ignora lo sagrado de esos afectos y roles. De adolescente, fui un tonto que sufrió una rebeldía absurda que me alejó de vos, de la Ma y de mis hermanas, dejándome inexplicablemente mudo frente a ustedes. Perdí y desperdicié tiempo valioso. Cuando finalmente tomé conciencia, años después, cuando sentí dentro de mí la necesidad profunda de la unión familiar, mis padres ya no eran los mismos y sus fuerzas empezaban a disminuir. Hoy quisiera retroceder en el tiempo para hacer contigo cosas que hice solo o con otros. Como desaproveché tu tiempo.
El recuerdo del día que te fuiste me perseguirá siempre. Cuando llegué a la clínica y escuché tu respiración dificultosa desde lejos, recé para que no fuera la tuya. Tenía tanto miedo, Pa, justo cuando más fuerte debía haber sido para acompañarte en esos últimos momentos. Me sentí tan inútil para ayudarte durante los meses anteriores. Afortunadamente, tenías tanta gente cuidándote que mi torpeza pasó casi desapercibida. Tantos fueron a estar con vos a tu lado, tanto amor que vuelve. Que feliz ver el poder humano que generabas.
Estabas relativamente bien poco tiempo antes, quizás con leves episodios de desorientación, pero nada que anunciara lo que vendría. Todo cambió tras aquel viaje a Las Bajadas con la Ma y algunos sobrinos. Tu pierna sufrió una trombosis, y desde entonces todo empeoró rápidamente. Te vimos pasar de la silla de ruedas a una cama de hospital, y de allí a un deterioro imparable. Fueron meses duros, en los que cada conversación familiar se volvía una búsqueda angustiosa de soluciones imposibles, decisiones desgarradoras entre luchar por recuperarte o aceptar tu partida.
En esas últimas semanas, cuando algun dia te encontraba casi inconsciente, te tomaba la mano y, como un milagro, sentía cómo aún reunías fuerzas para apretarme suavemente, reconociéndome como tu niño a quien querías seguir cuidando.
El día que partiste fui a la clínica con la Ma por la mañana, vos ya profundamente dormido. Fui a conversar con los medicos sobre tu futuro, en una charla que fue de las más difíciles de mi vida. Me costaba verte asi, no quiero mentir, y queria esconderme y taparme los ojos, pero saque esa misma pequeña fuerza para darte la mano una ultima vez, sin saberlo, para decirte que te amo y que estaba con vos. Pero esta vez, no pudiste apretarme la mia como siempre, hasta ese dia, lo habias logrado. Me fui, y dos horas mas tarde, mi hermana Mariana me llamó para contarme. Esa llamada que habia anticipado con tanto miedo toda la vida, llegó.
Hoy descubro la fuerza de tu amor en mis hijos, en Guille y en Zequi, reconociendo en ellos lo que vos sentías por nosotros. Ese amor infinito es la herencia más hermosa que nos dejaste.

Todo se resume así: te extraño, Pa, te extraño muchísimo, quiero verte, hablar con vos, darte un abrazo, decirte que te quiero, que te agradezco por todo, me gustaría que me cuentes cosas, como antes, de Córdoba, de tus salidas en moto, de la Bitita, de Rogelio Martínez, quiero darte dibujos de los chicos, están hermosos, y me encantaría escuchar lo que decís sobre ellos, o verte dibujar agarrando el lapiz como si fuera una batuta, tengo unos juguetes para que les hagas unos zunchos, como hacías siempre, y sí, también quiero discutir con vos por el escabeche de la Ma, como cuando te visitaba, necesito aunque sea un ratito de esa caricia tuya en la espalda, esa que me hacía sentir que estabas ahí, que todo estaba bien, que eras mi sostén, y además tengo una idea y necesito que me ayudes con tus máquinas y sierras, como antes, cuando hacíamos cosas juntos, porque yo, por dentro, sigo siendo tu chiquito, tu chiquito de bazeo, claro, Papi Banús, y ahora que me voy, ¿quién me despide hasta el final?, como hacías todas las mañanas en la puerta del cole.
Has sido una presencia constante, siempre a nuestro lado, en los momentos felices y en los más difíciles. Nos ayudaste a construir nuestras familias, nuestros caminos, nuestros sueños. Y sé que, ahora, desde donde estás, vas a seguir acompañándonos de otra forma, más sutil, pero igual de real. Yo voy a cuidarte en el recuerdo, voy a mantenerte vivo en cada gesto, en cada historia que cuente. Me quedo con tus cartas, tus dibujos, tus libros, tus fotos, tus videos. Me quedo con tu forma de mirar el mundo. Y sobre todo, me quedo con el amor que me diste guardado en mi corazón, intacto, vibrando. Me alcanza para vivir un millón de años.
Qué regalo, qué suerte, qué privilegio tan inmenso haber sido tu hijo. Brillás con luz propia, y esa luz ahora vive en nosotros.
Y nunca, nunca se apaga.